Actualidad

De la Semana Santa cordobesa

25/09/2009

In memoriam

"Hoy miro con nostalgia una cinta de casette, donde en su friso se lee con una letra grande, elegante y adornada este rótulo: “Pedro Gámez Laserna”. Fue el mejor regalo que pudo hacerme el hijo mayor de este gran maestro, D. Leandro Gámez Varo. En ella podemos escuchar todas y cada una de las marchas que el padre de “Saeta Cordobesa” escribió durante su vida.

Y esto me lleva a recordar a Leandro por muchas cosas. Por febrero, los amantes de la música procesional recibíamos la triste noticia de su fallecimiento. Pese a no haber ejercido la música, para nosotros su pérdida traía un hueco insustituible por todo lo que sus recuerdos conllevaba, y por supuesto por la calidad y el señorío que le adornaban.

Atesoraba una vasta enciclopedia de anécdotas, viajes, esfuerzos, logros, desazones y curiosidades de su padre. De hecho, por mucho que hubiera escuchado las marchas de Laserna, sus textos biográficos, nunca me hubiera sumergido en su fascinante personaje musical si no llega a ser porque le conocí.

Hablar con él era como ver en sus ojos el garbo y la estampa fina y erguida de su padre. Traslucía devoción no sólo por su papel de padre, sino también por el virtuosismo musical que le caracterizó. Leandro siempre afirmaba, cada vez que podía, que su padre amaba la música por encima de todo, se desvivía con ella y era tal su dedicación absoluta que en más de una ocasión le produjo desengaños. No era una época fácil, la de la postguerra para abrirse paso, desde luego.

Relataba en primera persona las vicisitudes por las que pasó Gámez Laserna. Su duro aprendizaje en la Banda Municipal cordobesa, el período de concepción de la suite Impresiones Cordobesas y la indiferencia con la que fue recibida la obra en su entorno cordobés, la visita a Córdoba de quien era entonces director de la Banda Municipal de Madrid, Martín Domingo, y que significó su partida a la capital española para alcanzar las más altas metas profesionales; las duras pruebas de acceso al cuerpo de directores militares del ejército, su vuelta a Córdoba en un lluvioso día de diciembre de 1945 para dirigir la Música del Regimiento de Lepanto, y muchos más hitos de la vida de su padre acaecidos en Córdoba y en Sevilla.

En un arrebato del sentimiento de lo cordobés, Leandro no dejaba escapar la oportunidad para reclamar el sitio privilegiado y la hermosura de “Saeta Cordobesa”, o la originalidad y el sello espiritual de la infravalorada “Salve Regina Martyrum”. No se olvidaba de una muy especial, “Ntra. Sra. de los Ángeles”, dedicada a su cofradía del Císter o tantas otras más. Las tarareaba con la precisión y la emotividad del que está leyendo una partitura.

Por encima de todo, Leandro destacaba de su padre la sencillez y humildad. Era todo un señor dentro y fuera del atril directoral. Ante las personas, desconocía lo que era pronunciar un no. Siempre dispuesto a todo, sin pedir nada a cambio. Un obseso del contrapunto y un buscador incesante de la excelencia musical y su sentido de la elegancia. Diletante como el que más y admirador de la obra beethoviana.

Leandro nunca se quejó del trato recibido hacia su padre, tanto en vida como después de su fallecimiento en la Navidad de 1987. Reconocía, una y otra vez, que sentía que su música había calado en los cofrades y que las bandas procuraban integrar sus partituras en los repertorios. Eso sí, sin abandonar la dosis de condescendencia, alguna que otra vez lamentaba la inexistencia de una calle o plaza en honor de quien había eternizado la música procesional cordobesa con una saeta de la Talegona.

Por suerte, pudo gozar en estos últimos años de una curiosa revalorización de la obra musical de su padre. Vivió muy de cerca las recuperaciones de marchas olvidadas, como “Virgen de la Soledad”, y de otras también relativamente desconocidas, como “Salve Regina Martyrum”. Asistió a su puesta de largo con la Orquesta Bética en la Catedral de Sevilla; a la procesión extraordinaria de la Reina de los Ángeles, en septiembre de 2005, con Maestro Tejera homenajeando a su padre; a las primeras grabaciones de marchas como “Ntra. Sra. de la Piedad”, a los actos conmemorativos del centenario del nacimiento del músico celebrados en Sevilla y sus respectivos y magníficos conciertos monográficos. Cómo no, a la rotulación de los jardines de Lepanto con el nombre de su padre y los actos organizados por la Banda de la Esperanza de Córdoba –gran promotora de la música laserniana- con la participación de la banda sevillana de las Cigarreras.

Se fue D. Leandro para siempre. A partir de ahora todos le recordaremos en cada esquina en Semana Santa cuando suene alguna de las marchas con las que siempre soñaba. En mi caso, siempre lo mantendré en el recuerdo con el tema final de ""Salve Regina Martyrum"", cuando la música adopta ese cariz espiritual tras su modulación, andando detrás del paso de la Reina de los Ángeles en un atardecer de septiembre, abandonando la plaza de Capuchinos y adentrándose en una noche mágica, plena de sensaciones inefables y de gozo por el orgullo de haber sido el hijo de uno de los mejores de la historia.
Una melodía que, por cierto, sonó en su entierro. Cosas de la Divina Providencia, donde no existe la casualidad.

Texto: Mateo Olaya Marín"

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