Actualidad

De la Semana Santa cordobesa

25/09/2009

El reencuentro con San Agustín

"1633. Esa es la fecha que acompaña las iniciales de Fray Pedro de Góngora, sobre el cancel, a la salida de San Agustín. Atrás quedaba la fastuosa ingeniería barroca, atestiguando un esplendor pasado. Boato y decadencia, entremezclados con los nombres que confluyeron en el interior de los muros donde el fraile agustino decidió hacer el último encargo a Mesa, donde Rafael María Cantueso pronunció su primera plegaria.

En el siglo XIV comenzó la construcción del templo agustino, pero, no sería hasta pasadas tres centurias, cuando el prócer agustino accionara la maquinaria barroca en que se convirtiera convento consagrado al obispo de Hipona. El XVII y el XVIII constituirían el período de esplendor del oratorio agustineo, sesgado por la invasión francesa que transformaría el claustro en cuartel y la iglesia en establo. Sin embargo, desde el fin del asedio hasta 1936, el recinto sagrado fue emergiendo lentamente para llegar a la Guerra Civil, a la infausta noche del 18 de julio de aquel ´36 y al incendio que lo sumió, una vez más, en la ignominia. El tesón de los dominicos –la Orden que tiempo atrás había tomado el testigo de los Agustinos- propició que el santuario permaneciese permaneciese en funcionamiento hasta la década de los ´70, cuando tuvo que cerrarse al culto.

Más de tres décadas y diversas intervenciones, de modesto calado, han pasado para ver la restauración definitiva, la misma que dentro de poco tiempo los cordobeses podremos disfrutar.

Hasta ayer nunca había podido ver San Agustín, la empresa que Fray Pedro de Góngora favoreció cual mecenas renacentista, el lugar que alumbró la luz perpetua que irradiaba en su capilla el grupo escultórico de Juan de Mesa. De niño pasaba con mis padres por aquella plaza y quería imaginar que escondían aquellos muros que parecían tan abandonados. Nunca lo conseguí. Ayer, cuando traspasé su umbral por primera vez, recordé el día en que conocí a Rafael Cantueso –en su casa de la plaza de San Andrés-, cómo narraba su infancia, su barrio, su convento, su Virgen de las Angustias. Ese día pude imaginar que escondían aquellos muros. Y ayer supe que, en el retazo renovado de la heráldica de Santo Domingo, una pequeña parte de ese reencuentro que la ciudad tendrá con su historia será suyo.

Texto: Blas Jesús Muñoz Priego"

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