Actualidad

De la Semana Santa cordobesa

13/03/2016

EL PREGÓN

Lleno en el Gran Teatro. Se abrió el telón a las ocho de la noche para que la banda de la Esperanza acometiera las notas de las cuatro marchas que interpretó: He ahí la Esperanza (Rafael Wals Dantas), Via Crucis (Adolfo Pérez Cantero), Jesús de Pasión (José Juan Gámez Varo) y Saeta Cordobesa (Pedro Gámez Laserna).

Tras unos minutos de descanso, el telón volvió a abrirse para mostrar el imponente altar disñado por José I. Agulera y montado junto a su equipo de la hermandad de Ánimas. En el atril, Pilar Fonseca comenzó a desgranar algunos aspectos de la vida del pregonero quien, emocionado, escuchaba atentamente desde su butaca.

A continuación, José Juan Jiménez Güeto pronunció un pregón en el que predominó la prosa poética, con un tono elevado que inundó de emoción el Gran Teatro y que concitó el comentario general: un gran pregón.

Posteriormente, en el hotel Córdoba Center, se celebró la cena de homenaje al pregonero, al cual se le entregó un cordobán de recuerdo de este día, así como al cofrade ejemplar de este año, Miguel Á. de Abajo. La alcaldesa, Isabel Ambrosio, y el presidente de la Agrupación, Francisco Gómez, cerraron las intervenciones tras los postres.


CRÓNICA DE ABC

Un pregón con signos de exclamación

José Juan Jiménez Güeto emocionó al abarrotado Gran Teatro con un texto en el que enhebró la Pasión del Señor con meditaciones y palabras que arrancaron aplausos

LUIS MIRANDA -

De un amanecer ilusionante a otro que estalla de vida, de una mañana de luz a otra, del momento en que se nace a una vida terrenal al día en que se llega a la que será eterna. Entre la descripción de dos mañanas puras osciló José Juan Jiménez Güeto para anunciar ante un auditorio expectante la Semana Santa de Córdoba, en un pregón cargado de adjetivos, en que los piropos se mezclaron con la teología.

Arrancó con piropos a Córdoba y a la Catedral el primero de los muchos aplausos, y siguió por la descripción del alba del Domingo de Ramos. Como anunció, hizo un relato de la pasión de forma cronológica, salpicado de citas evangélicas y de versos. Llegó luego el turno para la Esperanza: «Ella nos habla, entre lágrimas y cantares, que es Madre de todos, no hay distancia, divisiones, guetos… todos somos uno, una familia, la familia de los hijos de Dios», antes de recordar cómo entraba al callejón de Conde de Priego con «Saeta cordobesa».

Reflexiones

Insertó de vez en cuando vivencias personales, como cuando recordó que acompañó a la Sagrada Cena en su primera salida en 1994, un momento en el que habló de la Eucaristía antes de proseguir con su relato. Su narración estaba llena de viveza y pronunciada con gran fervor, que se ganó muchos aplausos. Así, al hablar del Perdón, se preguntó «¡ángeles del cielo!, ¿por qué calláis?», y no faltaron guiños al momento actual, como el enfrentamiento entre el poder civil y el religoso, que le llevó a preguntarse «hasta cuándo se va a soportar ese despropósito», o como cuando habló de los corazones endurecidos.

Con la Encarnación tuvo un canto a la mujer: «Animosa, atrevida e intrépida, modelo de las sencillas jóvenes que sobre su costal toman, con gran ánimo y exultantes, para mostrar que la mujer no es un objeto, no es propiedad de nadie; ellas rigen su propia existencia y son dueñas de su futuro, libres e iguales en dignidad, que se resisten a ser subyugadas». Su voz fue dramática con el Rescatado: «¿Qué habéis hecho con la dulce y serena figura de mi bendito Dios? ¿Qué habéis hecho con mi Rey? Sí, el Señor de los Señores. ¡Cobardes! ¡Infames! Como yo, que por mi vileza, flaqueza, debilidades y veleidades, te encuentras expuesto al juicio del necio, y en tanto el miedo no abre mis labios, me escondo en la ingratitud de la muchedumbre».

Para la Virgen de la Trinidad tuvo palabras y versos emocionantes: «Allí en el silencio, contempló con claridad el reflejo de un lirio, la azucena de inmaculada blancura que resplandecía en la inmensidad de la noche cordobesa y que le susurraba al corazón la beldad y hermosura de la Llena de Gracia», dijo sobre su proceso de creación. Con Jesús Caído se imaginó la mano que toca el corazón humano, que es «árido, estéril, un yermo de desdicha que se transforma en buena tierra». Desde ahí siguió extrayendo lecciones de vida hasta llegar a los Crucificados, y si con el Cristo de la Agonía recordó todas las veces que le preguntó por su vocación en su juventud, al de la Expiración le pidió por los sacerdotes y por los que se preparan y con el de la Piedad clamó contra la «soberbia y el egoísmo de una sociedad dividida en ricos y pobres».

En la Virgen de las Angustias recordó a su madre junto a su hermano muerto

Con el Cristo de la Salud, Buena Muerte y Ánimas el tono se volvió grave y trascendente, hasta que alcanzó un momento de gran fuerza emocional: las Angustias, donde recordó a su hermano fallecido. «Ahora comprendo el amor que mi madre sentía por ti. Escribiendo este pregón, tu mirada ha despertado un recuerdo que había dejado en el olvido del pensamiento, la estampa de mi madre, Isabel, cuando yo tenía nueve años, y contemplarla rota, sitiada en el llanto, con mi hermano mayor entre sus brazos, envuelto en una sábana blanca que dejaba traslucir el color de la sangre». Si antes había tomado a Ricardo Molina, para la Virgen de los Dolores recordó la «Letanía» de Pablo García Baena. Terminó con la dicha encarnada en el rostro de la Virgen de la Alegría, cuando Cristo ha resucitado, y si él mismo paseó por las advocaciones de gloria y recordó a la Virgen de la Sierra en sus dos últimos versos, también lo hizo la música, porque la banda de la Esperanza interpretó las coplas dedicadas a la patrona de Cabra.

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